Pero la muerte se suicida si me hipnotizas con tus pupilas. Gritame con los ojos,que se van a humedecer de felicidad.
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viernes, 30 de noviembre de 2012

Te he dejado en la despensa lunas, si a caso es que oscurece


No, que a mi no me gusta como sonríes, ni como me miras, y mucho menos me gusta como me acaricias el pelo, y ni se te ocurra pensar que me gusta que me cojas en brazos. Que no. Que tampoco pienses que me gusta que me des tus "buenas noches princesa", o que me digas "eres lo mejor de mi vida", que no, eh, para nada. Es más, odio cada vez que vienes con esa sonrisa de idiota, o cuando me estás esperando (más de media hora) y sigues ahí, sin enfadarte, eso me saca de quicio. ¿Y que más? Me repatea que me llames cuando tienes un minuto, y también me saca de mis casillas que me digas "te secuestro, tú te quedas conmigo".  Y odio sobre todas las cosas que me recuerdes todos los días lo mucho que me quieres y lo mucho que valgo, no sabes cuánto lo odio... Por que sabes que?
No te quiero TANTO - Andrés Suárez
"no te quiero tanto, no te quiero tanto..."
Te quiero más que a nada, te quiero más que a todo.
Te odio tanto que no puedo dejar de quererte.


jueves, 21 de junio de 2012

y tus recuerdos van sonando a despedida...

Se puso a dar vueltas a la habitación casi inconscientemente, iba desde la ventana hasta la puerta, y viceversa. Resultaba patético observarle. Todo parecía un verdadero cuento (acertaría si dijese una pesadilla). A mi alrededor todo daba vueltas, y era incapaz de seguir sus idas y venidas con la mirada. Me estaba hipnotizando. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera: "Quédate, quédate a mi lado." Lo desee con tanta fuerza que al cerrar los ojos, casi pensé que era real. Pero no, la tensión seguía ahí, entre el ir y venir de mis pensamientos y de sus gritos. Me gustaría haberme levantado y haberle dicho: "Mi vida, el amor duele." Y os aseguro que sería una de las verdades más grandes que habría dicho jamás, quizá incluso serviría como una cuerda que lograría salvarlo de ese inmenso mar de dudas que le estaba ahogando. Pero fui incapaz de pronunciar ni tan si quiera una mísera palabra. El dolor (o mejor, el amor) me paralizó. Estaba ciega de amor por ese tío que tantas putadas me había hecho, por ese que nunca estaba cuando se le necesitaba, por ese que me dejaba tirada en cuanto aparecía un plan mejor, por ese que todas quieren, y por ese que todos odian, sí, por ese. Ahora me doy cuenta de lo ciega que estaba, pero tanto... jamás lograría que os lo imaginaseis. Pero allí estaba yo, sentada en la cama, esperando a que todo pasase, y eso fue lo que ocurrió. Todo pasó. Quién sabe de dónde saqué las ganas, las fuerzas para plantarle que no seguiría siendo su pañuelo, que no volvería a arrodillarme ante él, y que nunca más le volvería a pedir perdón. Y allí se acabó todo. Bueno, todo no, mi amor no, porque por muy hijo de puta que fuese, a día de hoy puedo decir que la gente tiene razón cuando dice eso de que: "El primer amor nunca es el último, pero nunca se olvida" . ¡Y qué verdad!






"Pasan los años, y en mi cajón yo sigo viendo tu ropa. Cada vez que te extraño, le doy un beso al JB de mi copa, que no se equivoca, que no me abandona, que no me hace daño... como tú" 

miércoles, 4 de abril de 2012

Puedo forzar la puta realidad solo por ti


Ella era un cúmulo de cosas que de vez en cuando estallaban en lágrimas. Un saco de complejos lleno de preocupaciones por ínfimas tonterías que la hacían romperse cada noche. Nunca pidió socorro porque pensaba que nadie iría nunca, pero siempre lo gritaba por dentro. Se culpaba a sí misma de lo malo de esta vida. De lo poco que confiaba en sí misma y en que no daba razones a nadie por las que confiar. Nunca se apoyó en nadie al levantarse, pero siempre pedía perdón. Nadie sabe como acabó ella con su pequeña sonrisa que solo salía a visitarla cuando atardecía. Nadie sabrá nunca que fue de sus poemas guardados en aquel baúl en la buhardilla de un quinto piso sin ascensor. Decían que era una bohemia como las de las películas francesas inspiradas en los '70. Pero ella se consideraba ella. Una persona de tantas que morirá como una más. Sin testamento pero con carta de despido. Por si la muerte la pilla sin avisar. Sin creer en las casualidades pero cada día un poco más en que ella escribía su propio destino. Destino que hizo que ella llorase cada día en la ventana de su habitación. Pero, al final, fue ella la que decidió que las drogas la desgastasen en vez de dejar que lo hiciese el tiempo.